El primer obstáculo que tenemos que reconocer y cruzar en el intento de, precisamente, “reconocernos” a nosotros mismos, es el árbol familiar que llevamos a cuestas.
La mayoría de nosotros nacemos con un “programa” ya impreso en nuestro ADN (por decirlo así) que nos va a condicionar todo nuestro recorrido vital, a no ser que, por circunstancias extraordinarias y poco comunes, nos demos cuenta de que son otros los que dictaron ( y continúan dictando) nuestra vida cotidiana.
Este hecho no lo asumimos como novedoso, sino que lo entendemos como normal y no nos lo cuestionamos. Y así vivimos toda la vida.
En esta sociedad que nos ha tocado vivir, lo que es “normal” lo dictan algunos para que la mayoría no nos descarriemos ni nos salgamos de este “corral” normativo. De este modo, con las normas bien establecidas, todos los que se aparten de este régimen son considerados como individuos “fuera del sistema”.
La “norma” impera en todos los ámbitos: personal (comportamientos), laboral, familiar, y llega hasta a coartar lo “emocional” –lo cual ya es una auténtica castración y desgracia-.
Regresando al árbol familiar, es evidente que éste lleva dentro todo este engranaje de normas desde su principio. Podemos decir entonces que nuestra propia familia con todos sus ancestros y generaciones, forman un “todo” normativo “tóxico” del que es casi imposible escapar a no ser que lleguemos a la comprensión de que nos urge trabajarnos a nosotros mismos para salir de su influjo y poder liberarnos.
Para convertirnos en el “ser” que verdaderamente somos, para reconocernos en la esencia que llevamos dentro –que es pura, sin mácula- es necesario hacer el ejercicio de la “mutación”, como me gusta llamarlo. No es suficiente un simple cambio de costumbres (aunque se puede empezar por ello), ya que la fuerza de la “norma” familiar es muy poderosa y nos puede atrapar de nuevo. Para asegurarnos de que hemos salido del “hechizo” generacional, es preciso “mutar”. El “mutar” es ver claro que uno está atrapado en una vida que es la de otros y no la suya propia. Cuando nos damos cuenta de que estamos “viviendo” la vida que a otros les gusta que vivamos (con todas las mil máscaras que usamos para las mil situaciones que vivimos), es cuando decidimos ser nosotros mismos, independientemente de si a los otros (en este caso, a la familia) les guste o no.
Así empezamos a ser libres y a recuperar –poco a poco- la creatividad de “Ser”, sin máscaras, sin hipocresías y sin normas absurdas que nos limiten.