Nacemos mal o nacemos bien. Si tenemos los referentes apropiados, la guía apropiada, y nuestro ambiente infantil es adecuado, tenemos muchas posibilidades de desarrollo correcto (sin tener en cuenta los rumbos torcidos que puedan surgirnos posteriormente).
Desgraciadamente, la mayoría de nosotros no nacemos bien y no hemos tenido esas guías naturales o esos referentes "sabios" que nos permitan un desarrollo emocional equilibrado y pleno. Esto sucede -y ya lo he mencionado varias veces en otros artículos- porque nuestros padres no tienen la suficiente madurez para actuar como "referentes" adecuados. Sus vidas han sido carentes en muchos aspectos, entonces no nos podrán transmitir lo que a ellos les ha faltado (es de pura lógica). Y así, la cadena de obstáculos, turbaciones y traumas sigue de generación en generación.
A resultas de todo esto, ¿Qué nos sucede? Nos sentimos incompletos, como faltos de "algo" vital que no identificamos qué cosa sea. La insatisfacción, el desasosiego, los múltiples miedos, la falta de confianza, los innumerables fracasos en la vida...El origen es el mismo: la falta de referentes que nos lleva al vacío interno; al vacío existencial en muchos casos.
¿Cómo intentamos "resolver" este problema? Actuando -sin la fuerza de vida que NO nos fue dada- de manera automática, empujados por la corriente que la sociedad en la que vivimos, nos marca (es curioso, cuando menos, que este sociedad "sepa" las carencias que tenemos la mayoría y que, lejos de querer resolverlas, las empuje y las aumente todavía más para su beneficio propio, como por ejemplo: fomento del consumismo absurdo, creación de espectáculos masivos sin verdadero sentido, estimulación de la "competencia" a todos los niveles, invención de conceptos y tendencias tóxicas con la "promesa" de un "posicionamiento correcto" en el mundo trepidante que nos toca vivir, eliminación de nuestra verdadera personalidad en aras de "marcas colectivas de publicidad", etc. En definitiva, esta sociedad materialista y enferma que busca el golpe definitivo para los que no fuimos respaldados en su momento).
¿Qué hacemos, entonces? Nos "refugiamos" en el grupo social que nos toque y, de esta manera, "compensamos" nuestra falta de integridad y de confianza. Nos involucramos en toda suerte de actividades triviales que creemos que nos dan una imagen de personas plenas (lo más surrealista que hacen muchos, es portar banderas de marcas comerciales en carreras de coches de F1, por ejemplo. En este caso la "despersonalización" y la negación del yo, es absoluta; la rendición del yo propio ante el "producto social" que nos imponen es alienante...)
En definitiva, buscamos huir del vacío interno que tenemos, eso sí, muy bien disimulado y escondido (tenemos la práctica necesaria para ello) para esforzarnos en "parecer felices" (por lo menos, ante los ojos de los demás). Y no hay nada más triste que esto, pero no tenemos alternativa, pues la "corriente" nos arrastra sin piedad ni contemplaciones.
¿Qué podríamos hacer para salir de esta mediocridad y restaurar nuestra fuerza no expresada?
Transfigurarnos. ¿Qué quiero decir? Utilizar el poder de la imaginación y crear-nos "referentes" válidos y poderosos.
Ejemplos: Como dice Alejandro Jodorowsky -casi desde siempre-, podríamos cambiarnos el nombre.
(remito, en este punto, a su libro Metagenealogía para quien quiera profundizar en este y otros aspectos del cambio personal).
Un cambio de nombre nos puede dar la fuerza y el vigor necesarios para "reconocernos" de una vez.
Cambiar nuestros hábitos, poco a poco (no es nada fácil, pues estamos absolutamente "amaestrados" por esta sociedad tóxica). Los pequeños cambios son poderosos -que decían antiguamente en un programa de televisión-.
La necesaria "transfiguración" -a la que también podría llamar "mutación"-, tiene varios momentos, estadios y requiere paciencia. No podemos cambiar de un día para otro ni romper todas las corazas que llevamos desde nuestro nacimiento. Un inicio de esta tarea "sagrada" augura ya un buen final, que será, a su vez, inicio definitivo de la nueva andadura.
Tenemos que quitarnos los grilletes, reconocer que no hemos tenido "guías" adecuados y -esta vez, sin compasión para nadie- "intentar" el cambio. Ese "intento" es vocablo sagrado que implica ser auténticos, dejar de "espejarnos" en falsos referentes y dejar de jugar infantilmente. Nos hacemos adultos de una vez...Es importante si queremos dejar de "llorar"...
