Dejar las muletas. Uno tiene que usar al barquero para cruzar el lago y llegar a la otra orilla. El uso y el servicio del barquero es bueno, cuando no se sabe todavía caminar solo.
Llega un momento que se prescinde del barquero y se cruza a nado a la otra orilla. ¿Y eso, por qué? Porque se "sabe" que no sirven ya las muletas o los barqueros. La muleta y/ o el barquero tienen su propio pensamiento y su propio discurrir por la vida -eso se desconoce primero, se intuye luego y, al final, se sabe-.Uno abandona los rituales y todas las ayudas para "solo", nadar hacia la otra orilla. En ese momento te das cuenta de la soledad que te impregna, y que nunca ha dejado de impregnarte; lo que sucedía antes es que no te querías dar cuenta de su compañía y buscabas eso, compañías externas disfrazadas de amigos/amantes/cómplices que anularan o disfrazaran la presencia de la soledad propia.
Te das cuenta de que ya no te es necesario vivir con referencias dadas o buscadas, aunque el teatro y los actores mundanos sigan con ello constantemente; tal es el nivel de consciencia que impera.
La soledad del nado consciente te hace ver que ya no necesitas muletas/ayudas.
Una especie de intuición te hace saber que ya estás enfilando tus últimas etapas (ahora, en este momento en que escribo esto, no es una intuición la que me lo "dice" sino el canto breve de un pájaro que pasa -que viene a ser lo mismo, o sea, un aviso). Y es que uno se vuelve mucho más consciente de estos "avisos" cuando es consciente de que recorre estas etapas finales (en lenguaje ciclista, diríamos que ya se han recorrido muchos puertos de montaña y se ve la meta, aunque todavía lejana).
Cuando se han dejado las muletas, cuando ya no se "paga" a los barqueros/gurús/maestros para que le crucen a uno por el lago, todavía quedan reminiscencias de regresar a lo andado. Por eso cae uno todavía, ante algún canto de sirena que le parece majestuoso y decisivo, aún cuando forma parte del camino ya andado.
(En relación a esto último, un buen amigo antiguo me diría que son algunos "flash backs" molestosos que regresan a la mente, fruto de toda una historia recorrida; son pequeñas impregnaciones o recuerdos sobreros que ya no tienen mucho poder, pero que siguen molestando -siguen jodiendo un poco-).
Si te dejas enturbiar por alguno de esos "cantos" puede que retrocedas y caigas otra vez preso del "encanto" de algún "barquero" excelso y reputado que te haga pensar que -quizá- necesites todavía de alguna muleta olvidada.
Y caes en la trampa, y retrocedes y te embelesas con el canto, pero lo haces con la consciencia mucho más trabajada, lo haces con muchas más armas, con armas más afiladas, con mucha "sharp mind" -que algún budista dijo-, aunque no te lo creas conscientemente.
Digamos que vas mucho más preparado para "luchar" con el canto de sirena que te ha atrapado de nuevo.
La reunión de hormiguitas.
Y te vas un día a un encuentro con un reputado maestro/gurú (barquero) que sabes que será excepcional porque no vive cerca; entonces hay que aprovechar la oportunidad "única".
Y llegas un poco tarde -porque así fue la cosa-, y ves a todo un grupo de "hormiguitas" vestidas de negro riguroso, con la cabeza rapada algunos, y al gran gurú enfrente de todos, comandando un paseo hacia no sé dónde...
Le preguntas a un "discípulo" por la hora de la sesión y parece que se molesta, que le estorbas el "paso", en fila india, que le haces perder distancia con el gurú -que camina lustroso delante de la comitiva-.
Y una vez adentro del local, te das cuenta de la "negrura"-en el buen sentido- de todos; todos van de riguroso negro. Y, queriendo pagar el costo de la sesión-, preguntas a otro discípulo encargado del cobro -eso parece-, y también "parece" que se molesta por la pregunta; como que no es el momento adecuado para ser inoportuno.
Caminas, ves el "negro" entorno y decides sentarte, imitando a todos los congregados. Y observas por primera vez al "maestro" (barquero), de negro y gris, lustroso, grande -enorme-, algo sonriente y sabedor de su "poder". Y tu intuición te dice que "algo" no marcha bien, y a esa sensación le sigue una decepción inmediata, aún sin comenzar la sesión/meditación, aún sin comenzar el "zazen" (digámoslo sin miedo).
Luego sigue todo, con sus rituales pertinentes (sí, aquellos rituales que uno.. ya sabía olvidados y transcendidos), el porte adusto con gestualidad inexistente de los congregados, los avisos entre ellos de que: -cuidado, hay un intruso entre "nosotros"; seguro que no sabe las "normas". Avisémoslo y amonestémoslo si es necesario, para que sepa dónde está...
Sí. Todo eso te viene como un torrente desbocado en la mente, y luego razonas y exclamas para tus adentros: -Y qué hago aquí, en medio de todas estas hormiguitas bidimensionales sin expresividad ni espontaneidad ninguna?...
Sí. La hormiga reina de gris marengo y negro y las otras hormiguitas discípulas.
Y finalmente, como está mandado, pagas el evento y te vas mucho antes de que continúe todo el ritual.
¿Y el "elemento extraño"? Se fue...Y también se fue el canto de sirena, al que siguió una gran decepción, pero también una enorme mochila de expectativas absurdas, cargos y rituales que se echaron descansadamente por la borda.
Ya va quedando menos. Suma y sigue...