Recuerdo mis primeras visitas a siquiatras (le quito la ´p`de psi, copiando al mexicano César Tort, erudito en estos temas), allá por mis 16 o 17 años.
Uno, eterno solitario, incomprendido, rodeado de frialdad perpetua, pues "busca razón" de su estado, creyéndose que él mismo "está mal" y que los demás -en el zoológico de la vida- son los cuerdos, los que están bien.
Regresando al hilo perdido, recuerdo que me hallo en los barrios altos de Barcelona, donde tenía la consulta un afamado siquiatra infantil (a pesar de su título: "psiquiatría infantil", como lo había visto bastante por la televisión, pensé que sería persona idónea para ayudarme, aunque yo ya rebasara dichas edades).
Fui solo a la consulta, nadie de mi familia lo supo ni lo sabrá -a estas alturas, jamás-. Me movía, en asuntos y búsquedas personales, siempre solo, sin complicidades -no las tuve casi nunca-.
Lo que me impactó sobremanera fue la foto gigante del doctor siquiatra en el recibidor de la consulta: una foto a blanco y negro, de unos cuatro metros por cuatro, donde posaba muy sonriente, rodeado de niños y abrazando a algunos. Aquella foto me recordó, casi al instante, a algún cazador de elefantes rodeado por sus recientes trofeos...No sé, no me cuadraba aquel retrato inmenso en la consulta de un médico. Lo vi como algo grandilocuente, fuera de toda norma servicial, sanitaria y acogedora. No me gustó, en una palabra.
Me dan paso al despacho del famoso doctor y me siento y lo observo. Él, casi en ningún momento levantó su vista para mirarme, limitándose a escribir como un poseso sobre un cuaderno (me pregunté y me sigo preguntando -ahora que rememoro la experiencia-, qué cojones estaba escribiendo aquel buen señor médico con tanta afición, y casi sin descanso).
Me preguntó mi edad, me comentó que aún siendo yo adolescente, podría tratarme de algún modo, pero que su especialidad eran niños más pequeños. También me preguntó si en mi casa me llamaban por mi nombre de pila o por algún "mote" inventado! Me quedé atónito ante tan "competente" pregunta y le dije que usara mi nombre normal.
Le comenté algo de mis síntomas: episodios depresivos, alternándose con ansiedad y cabeza embotada. El doctor seguía escribiendo incesantemente sin levantar su cabeza para mirarme ni siquiera unos segundos. Esta actitud me molestó y fui perdiendo confianza con aquel señor (si es que en algún momento la tuve, que creo que no).
Al terminar mi relato sintomatológico, no se le ocurrió otra cosa que recetarme un jarabe de hierbas -un combinado de varias plantas, creo recordar-, y que podría comprarlo al salir, en la farmacia junto a su consultorio.
Me pidió el nombre de mi médico de cabecera pero, como no recuerdo haber tenido ninguno nunca, pues me inventé uno.
Mi gran error -ya perdida cualquier mínima empatía con aquel afamado doctor-, fue darle el número de teléfono de mi casa.
Creo recordar que, antes de salir de aquel simulacro de consulta, me dijo que a los quince días regresara (después de la toma del jarabe "milagroso", supuse).
Es fácil imaginar que me olvidé de aquel médico casi al instante en que crucé la puerta de salida, no sin antes pasar nuevamente delante de la gigantesca foto en blanco y negro.
A los veinte días recibí una llamada de su secretaria, en la que me decía que por qué no había solicitado cita nuevamente. No le respondí nada, simplemente colgué el teléfono, sin más. No supe como reaccionar en aquel momento. Ya no hubo una segunda llamada, para mi suerte...
Aquel famoso doctor fue una de las primeras decepciones que tuve en mi búsqueda de ayuda sincera y uno de los primeros "gurús" que cayeron del pedestal (o de mi pedestal imaginado). La historia siguió, "afortunadamente", porque me permitió descorrer muchos "velos" y romper a trizas muchos mitos "sicológico-sanitarios"...
Nota: por curiosidad, acabo de buscar el nombre del afamado siquiatra del relato y veo que ya falleció. Razón de más para no dar nombres.


No hay comentarios:
Publicar un comentario