Dar la voz a tus antepasados. Asumir que tienen cosas que decir; cosas que quizá se quedaron calladas en el "tras tiempo".
Vivimos ligados a nuestra familia a través de generaciones. Es necesario atender a sus llamados, cuando éstos puede que sean urgentes. La "urgencia" de un llamado la determina nuestro estado mental, y nuestro estado físico también. El sentirnos mal, el sentir que no estamos correctamente "ubicados" en ningún lugar, el sentirnos ausentes y presentes, compartiendo una situación nada cómoda con nosotros mismos ni con los demás. El síndrome del "eterno viajero" es un detalle claro que nos delata nuestra falta de contacto con nosotros mismos y con nuestros antepasados.
Incluso el dolor evidente del cuerpo cuando uno escribe estas lineas, la incomodidad presente que te hace querer abandonar esta tarea. El constante ir y venir de recuerdos familiares, de episodios lejanos y cercanos, de gente que pasa, que corre, que se detiene...Todo esto forma parte de la "urgencia" benéfica de dar la palabra a los que quieren hablar (me viene a la memoria el escrito de CG Jung, "Septem sermones ad mortuos", la que quizá pudiera haber sido una "transcomunicación" con sus propios ancestros. Opinión muy personal, claro).
A través de nuestras fibras corporales, a través de lo que llamamos nuestra mente, nuestro cuerpo, nuestras vísceras, nuestra experiencia almacenada, nuestras meninges, nuestra memoria...Es a través de estos elementos físicos y psíquicos por los cuales la "voz", o las "voces" de nuestros familiares quieren expresarse. ¿Por qué sucede esto? Por la necesidad de redención absoluta que ellos tienen; por la necesidad del tan ansiado "perdón" que necesitan. Ese perdón que los hará descansar en serio, que los hará dejar atrás las ansiedades y turbulencias que todavía llevan consigo - a pesar ya de no ser cuerpos físicos, o de no compartir nuestro espacio temporal-.
Esa necesidad de perdón también entienden ellos que la necesitamos nosotros mismos. Es el eterno pez que se muerde la cola, es el ouróboros alquímico donde uno es todo y todo es uno. Nosotros asimilamos a nuestra familia ancestral y ella nos asimila del mismo modo. Esta situación es la que hay que "sanear" para despejarla y limpiarla, para "santificarla".
El vínculo ancestral-familiar puede ser "tóxico" (adjetivo que aprendí de Alejandro Jodorowsky), y puede no serlo en absoluto. En el espacio de vida que nos es dado vivir es donde podemos experimentar esta "toxicidad" y donde sentimos también esa incomodidad de la que hablaba antes: el no ser nosotros mismos, el no sentirnos ubicados, el sabernos insatisfechos en nuestro fuero interno. "E la Nave va"; sí, la nave va por una suerte de camino asumido, por una suerte de trivialidades cotidianas que nos marca la vida, pero nada más. Siempre en nuestro yo más profundo nos sentiremos ajenos a todo; aún yendo, por inercia marcada por los demás.
Hay que dejar hablar a los ancestros. Atraer a nuestros "muertos" a nuestro ritmo de vida e "interrogarlos", preguntarles todo, pero preguntarles bien (es aquello de "llorarlo todo pero llorarlo bien", que dijo un poeta).
Atraer, invocar, convidar (con -vida- dar) a nuestros ancestros es un ejercicio saludable y sanador.
En este punto, sigo de nuevo a Jodorwsky, en su libro "Metagenealogía", para acceder a los ejercicios pertinentes a este acto. La didáctica que plasma en el mismo es clara, sencilla y ejemplar para quien la quiera seguir.
Dependiendo del nivel de Consciencia de la persona, esta "invocación" /invitación a los ancestros se hará de forma más rápida o más laboriosa. Tampoco importa mucho este punto. Lo interesante es que se decida hacer el acto y se quiera hacer; que no haya auto sabotaje, que no haya resistencias propias a creer que lo que vamos a hacer es una tontería, o que no tiene ningún sentido.
En el momento que lo "sintamos" interiormente, decidimos actuar. Repasamos nuestro estado mental, nuestra vivencia, nuestro deambular cotidiano y nos lanzamos. Nos soltamos e "invitamos" a quien sintamos que nos puede "echar una mano": pueden ser abuelos, padres, tíos, hermanos, etc. Lo podemos visualizar, ubicar físicamente en el espacio, sentirlo, "vivirlo", saludarlo, agradecerle su presencia en el momento. Le compartimos nuestro estado físico y mental y dejamos que "hable", que nos aconseje, o que "actúe" como a él le plazca. Algo sacaremos en claro, aunque quizá no sea inmediatamente. El tiempo de espera lo tenemos nosotros, es nuestro problema, no el de "ellos".
Este intercambio de "impresiones" nos puede ser beneficioso ya que actuamos de buena fe y sin supersticiones. Es importante olvidarse de protocolos y de rituales mágicos. El intercambio ha de ser natural; tan natural como si ellos siguieran viviendo entre nosotros, en el plano físico.
La "ayuda" que se obtendrá podrá ser retroactiva: me ayudas a "comprender" y yo te ayudo también a "comprender". Esta comprensión "de doble vía" puede ser sanadora. Este "dejar hablar a los ancestros" es regresar al equilibrio perdido, es regresar a nuestro centro. La frecuencia con la que se haga la medimos nosotros. Al fin y al cabo, la "frecuencia" es solo un concepto temporal que no tiene sentido para los que ya no están.
Feliz viaje.
*Nota. las pautas y la idea de estos ejercicios las puedo transmitir personalmente a cada quien. Simplemente he intentado escribir de modo general, y basándome en experiencia personal. Recalco que es muy útil usar el manual mencionado arriba para tener idea clara de este proceso. Insisto: no hay magias, no hay ritos, todo es tan natural como lo son -y lo han sido- nuestros vínculos familiares con los que nos han precedido.


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