Nos creemos, a veces, muy livianos, muy trabajados; muy espirituales, en suma. Pero la verdad es otra; nos falta humildad y trabajo personal. Quizá hayamos leído mucho -demasiado, para mi gusto-, y lo que hemos "logrado" ha sido distanciamiento de nosotros mismos e "inflación de sentido" (como decía CG Jung).
Nuestras estructuras personales (mentales) han quedado intactas. Seguimos siendo presos de rutinas innecesarias y repetitivas (precisamente, por repetitivas, son innecesarias). Seguimos conformándonos en rituales variados, creyendo que nos aliviaran de algo, o que nos salvaran, en un sentido trascendente.
Lo que sucede es que nos siguen pesando las estructuras mentales. No hay culpables, somos presa y objetivo de la sociedad y de su nivel de consciencia. No hemos logrado "soltarnos" suficientemente.
Es difícil lograr este objetivo personal ya que nadie - o casi nadie- nos puede ayudar.
La "desestructura" requiere fuerza, voluntad y continuidad, y el valor enorme de autopreguntarnos qué o quienes somos; el valor de enfrentarnos con amabilidad y compasión con nuestro yo.
Algunos han dicho certeramente que la compasión, antes de procurarla con los demás, debemos "intentarla" con nosotros mismos. Somos el primer "objeto" de compasión a tener en cuenta.
Dándonos cuenta de este hecho, asimilándolo, podremos empezar a vencer ciertas estructuras que nos tienen atados a una rutina existencial absurda. Digo absurda por pueril y normativa; quien quiera seguir con el "juego" es muy libre de hacerlo.
Desestructurándonos llegamos al verdadero tuétano; a la esencia de nosotros mismos...Es un reto que vale la pena.

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